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Juan 21,15-19 – Apacienta mis ovejas

Texto del evangelio Jn 21,15-19 – Apacienta mis ovejas

15. Después de comer, Jesús dijo a Simón Pedro: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que estos?». Él le respondió: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero». Jesús le dijo: «Apacienta mis corderos».
16. Le volvió a decir por segunda vez: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas?». Él le respondió: «Sí, Señor, sabes que te quiero». Jesús le dijo: «Apacienta mis ovejas». 17. Le preguntó por tercera vez: «Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?». Pedro se entristeció de que por tercera vez le preguntara si lo quería, y le dijo: «Señor, tú lo sabes todo; sabes que te quiero». Jesús le dijo: « Apacienta mis ovejas.
18. Te aseguro que cuando eras joven tú mismo te vestías e ibas a donde querías. Pero cuando seas viejo, extenderás tus brazos, y otro te atará y te llevará a donde no quieras».
19. De esta manera, indicaba con qué muerte Pedro debía glorificar a Dios. Y después de hablar así, le dijo: «Sígueme».

Reflexión: Jn 21,15-19

El amor a Dios ha de expresarse en obras. Estas obras han de ser de amor. El que ama al Señor y le oye, ha de hacer la Voluntad de Dios y esta es llevar paz y unión, como decíamos ayer. Hoy el Señor nos habla de paz, que ha de ser el ingrediente fundamental de la vida cristiana, ingrediente que nosotros somos responsables de promover y crear. No se trata de confrontar, ni acusar, ni inquietar, ni mortificar, sino de llevar paz. Una paz nacida de la esperanza, del saberse protegidos y acogidos. La paz de quienes confían y esperan en el Buen Pastor, aquel que da Su vida por sus ovejas, aquel que las llama por su nombre y que no permite que una sola se pierda. Esa es la paz que Jesús le pide a Pedro que infunda y con él, a todos nosotros. Esta ha de ser nuestra tarea si como decimos, le amamos. No hay otra. No hay atajos, ni sinónimos, ni nada que interpretar, ni relativizar. Hay que ser capaces de llevar paz. Esa debe ser nuestra principal ocupación, nuestra principal inquietud, incluso por encima de nuestros errores, temores y debilidades. Qué importa lo que hiciste; ya está perdonado. Importa lo que hagas de aquí en adelante, asegúrate de haberlo comprendido. Por eso el Señor se lo repite hasta tres veces a Pedro, porque es muy fácil decir que sí, pero otra muy distinta llevarlo a la práctica. Para ello hemos de reconocer primero nuestras debilidades, nuestros fracasos, nuestros temores, para superarlos. No sea que como antes digamos una cosa y luego terminemos haciendo lo contrario y echándolo todo a perder. Sabemos que no basta responder a la ligera, es preciso hacer un acto de contrición y un verdadero propósito de enmienda, sino, otra vez volveremos a las andadas y en un día o dos, estaremos nuevamente lamentando no haber hecho lo que debíamos. Es preciso tomar conciencia, para no volver a caer. Es cierto, podemos caer y el Señor lo sabe, pero debemos esforzarnos por evitarlo, proponiéndonos siempre llevar paz. Ese es el mandato de Jesús, el Buen Pastor. Le preguntó por tercera vez: «Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?». Pedro se entristeció de que por tercera vez le preguntara si lo quería, y le dijo: «Señor, tú lo sabes todo; sabes que te quiero». Jesús le dijo: « Apacienta mis ovejas.

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Juan 17,20-2 – Que todos sean uno

Texto del evangelio Jn 17,20-26 – Que todos sean uno

20. No ruego solamente por ellos, sino también por los que, gracias a su palabra, creerán en mí.
21. Que todos sean uno: como tú, Padre, estás en mí y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me enviaste.
22. Yo les he dado la gloria que tú me diste, para que sean uno, como nosotros somos uno
23. Yo en ellos y tú en mí, para que sean perfectamente uno y el mundo conozca que tú me has enviado, y que yo los amé cómo tú me amaste.
24. Padre, quiero que los que tú me diste estén conmigo donde yo esté, para que contemplen la gloria que me has dado, porque ya me amabas antes de la creación del mundo.
25. Padre justo, el mundo no te ha conocido, pero yo te conocí, y ellos reconocieron que tú me enviaste.
26. Les di a conocer tu Nombre, y se lo seguiré dando a conocer, para que el amor con que tú me amaste esté en ellos, y yo también esté en ellos»

Reflexión: Jn 17,20-26

Cuando terminaba de leer este texto como un rayo de luz cayeron sobre mi mente y mi corazón las veces que de una u otra forma me he apartado de ciertas agrupaciones de ciertos amigos, pero sobre todo de ciertas actividades de la Iglesia por encontrar serias diferencias entre los que pienso y proclamo, que lo creo más acorde con el pensamiento de Jesús, que lo que piensan y proclaman algunos religiosos o líderes de algunos movimientos o parroquias. Más allá de la soberbia que podría representar mi actitud, al creerme o juzgarme en lo correcto y al margen de si tuviera razón o no, está mi preocupante actitud de alejarme, separarme, diferenciarme e incluso renunciar a participar como señal evidente de no estar en comunión con aquellos hermanos o hermanas. Recién caigo y lo veo muy claro. Todas esas veces, si tuve razón o no, poco importa, le estuve haciendo el juego al demonio que busca dividirnos, por cualquier lado, por lo que sea y –Dios mío, perdóname- conmigo creo que siempre lo ha logrado. Cualquier motivo siempre fue bueno, porque él siempre supo que pisaría el palito y todo aquel empuje que traía inspirado por el Espíritu Santo lo echaba por tierra. Sí, ahora lo veo claro. De allí que no haya progresado en ninguna dirección y a todas les haya encontrado algún pero; y es que seguramente lo tienen, pero ¿qué es más importante? ¿Es más importante que yo tenga razón, que a todas podamos torcerles por algún motivo nuestra respingada nariz o más importante es la unidad? ¡Por supuesto! ¡Muchísimo más importante es la unidad! La cual en la práctica no he sabido sostener. No es saliendo que se cambia y mejora, sino dando la lucha interna, cediendo a veces, retrocediendo otras, concediendo algunos puntos a cambio de otros, pero siempre buscando la ARMONÍA, la UNIÓN. ¡Qué equivocado he estado! Lo importante no es tener la razón, ni disentir, lo importante es construir la unión a pesar de todo. Que todos sean uno: como tú, Padre, estás en mí y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me enviaste.

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Juan 17,11b-19 – tu palabra es verdad

Texto del evangelio Jn 17,11b-19 – tu palabra es verdad

11b. Padre santo, cuida en tu Nombre a aquellos que me diste, para que sean uno, como nosotros
12. Mientras estaba con ellos, cuidaba en tu Nombre a los que me diste; yo los protegía y no se perdió ninguno de ellos, excepto el que debía perderse, para que se cumpliera la Escritura.
13. Pero ahora voy a ti, y digo esto estando en el mundo, para que mi gozo sea el de ellos y su gozo sea perfecto.
14. Yo les comuniqué tu palabra, y el mundo los odió porque ellos no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo.
15. No te pido que los saques del mundo, sino que los preserves del Maligno.
16. Ellos no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo.
17. Conságralos en la verdad: tu palabra es verdad.
18. Así como tú me enviaste al mundo, yo también los envío al mundo.
19. Por ellos me consagro, para que también ellos sean consagrados en la verdad.

Reflexión: Jn 17,11b-19

El seguimiento de Jesús nos va llevando poco a poco a distanciarnos del mundo, al punto que ya no lo comprenderemos, ni nos comprenderá. Por eso Jesucristo ora por nosotros y lo hace de forma realmente conmovedora pidiendo dos cosas que son fundamentales y que debemos tener en cuenta siempre en nuestras oraciones: la unidad entre nosotros y con Él y la consagración en la verdad. Solo del respeto y esta profunda relación de amor puede surgir la unidad. Ciertamente en principio el amor es solamente de Dios, porque Él nos ha amado primero; porque Él nos ha escogido y querido aun antes que hubiéramos nacido. Este amor solo busca ser correspondido y lo hacemos cuando amamos al prójimo como a nosotros mismos. Si bien es cierto que es algo que brota naturalmente de nuestros corazones, también lo es que debemos aprender a cultivar, porque el mundo, del que se esfuerza por preservarnos el Señor, promueve exactamente lo contrario como lo más apetecible y natural para el ser humano: el egoísmo. Es así que hemos desarrollado las sociedades en las que vivimos, en las que el hombre no solo está de espaldas a Dios, sino que vive de espaldas a los demás, induciendo a los hombres y mujeres a creer y pensar que solo les será posible encontrar la felicidad si se enfocan en sí mismos y la procuran a cualquier precio, incluso a costa de los demás. Ello constituye un disparate a todas luces, porque jamás hubiéramos podido construir nada y ni si quiera subsistir un solo día si no hubiéramos aprendido a compartir, viviendo en comunidad, empezando por la célula básica de la sociedad: la familia. Quien pretende ignorarla o destruirla no puede estar nada más que desquiciado. Lamentablemente existen corrientes muy poderosas en nuestro mundo que han enfilado su artillería más pesada contra ella. No podrán destruirla ni acabarla porque más fuerte es la unidad, el amor y el Señor que ha vencido al mundo, pero si harán mucho daño a sus miembros, como lo estamos viendo. Por eso, hoy como entonces, debemos unir nuestras plegarias a las de Jesús. No te pido que los saques del mundo, sino que los preserves del Maligno. Ellos no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. Conságralos en la verdad: tu palabra es verdad.

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Juan 17,1-11a – Esta es la Vida eterna

Texto del evangelio Jn 17,1-11a – Esta es la Vida eterna

01. Después de hablar así, Jesús levantó los ojos al cielo, diciendo: «Padre, ha llegado la hora: glorifica a tu Hijo para que el Hijo te glorifique a ti,
02. ya que le diste autoridad sobre todos los hombres, para que él diera Vida eterna a todos los que tú les has dado.
03. Esta es la Vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a tu Enviado, Jesucristo.
04. Yo te he glorificado en la tierra, llevando a cabo la obra que me encomendaste.
05. Ahora, Padre, glorifícame junto a ti, con la gloria que yo tenía contigo antes que el mundo existiera.
06. Manifesté tu Nombre a los que separaste del mundo para confiármelos. Eran tuyos y me los diste, y ellos fueron fieles a tu palabra.
07. Ahora saben que todo lo que me has dado viene de ti,
08. porque les comuniqué las palabras que tú me diste: ellos han reconocido verdaderamente que yo salí de ti, y han creído que tú me enviaste.
09. Yo ruego por ellos: no ruego por el mundo, sino por los que me diste, porque son tuyos.
10. Todo lo mío es tuyo y todo lo tuyo es mío, y en ellos he sido glorificado.
11. Ya no estoy más en el mundo, pero ellos están en él; y yo vuelvo a ti. Padre santo, cuida en tu Nombre a aquellos que me diste, para que sean uno, como nosotros

Reflexión: Jn 17,1-11a

¿Puede haber algo que nos llame más la atención, algo que jale más nuestra vista que la definición que da Jesucristo de la “Vida eterna”? Imposible evitar escudriñar estas palabras. ¿Qué esconde en ellas el Señor? ¿Qué mensaje tienen? ¿Qué implicancias tienen? ¿Qué consecuencias? La clave está en “conocer”. Pero la dificultad surge cuando reparamos en que el objeto de nuestro conocimiento para alcanzar la Vida Eterna, es decir la meta más preciada, es nada menos que conocer a Dios Padre y Su Hijo Jesucristo. ¿Cómo podemos conocerles? Y, ¿qué quiere decir conocerles? Porque eso es lo que sin duda tenemos que hacer. El misterio está revelado. Desentrañemos lo que Jesucristo nos quiere dar a entender con “conocer”. ¿Nos estamos metiendo en honduras? No creemos, porque si fuera imposible, no tendría ninguna gracia y ya no cabría hablar de amor. Porque si el Dios Misericordioso y amoroso sin límites nos manda una tarea imposible, ¿de qué amor y misericordia estaríamos hablando? Conocerles ha de ser algo que definitivamente han puesto en nuestras manos. ¿Cómo alcanzarlo? Por los Evangelios, que contienen la Palabra de Dios escrita por hombres inspirados por el Espíritu Santo. Si esto es cierto, tenemos que leer y reflexionar los Evangelios. Solo entonces conoceremos a Jesucristo y a quien lo ha enviado. Si en eso consiste la Vida Eterna, nuestra principal tarea ha de ser leer y reflexionar los Evangelios, en búsqueda del conocimiento que nos llevará a la Vida Eterna. Esta ha de ser nuestra principal ocupación. De aquí se desprende la importancia gravitante que han de tener los Evangelios para nosotros. No podemos pasarlos por alto. No puede haber cristiano que solo los conozca por el lomo o por el forro. No bastan las clases de religión, ni las lecturas dominicales. Claro que eso es mejor que nada, pero no podemos abordar de este modo la tarea más trascendente e importante de nuestras vidas. Así, no llegaremos a nada. Seremos como los escolares aquellos que llegan a fin de año sin haber abierto los libros y sin haber leído nada. ¿Qué futuro les espera? Esta es la Vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a tu Enviado, Jesucristo.

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Juan 16,29-33 – yo he vencido al mundo

Texto del evangelio Jn 16,29-33 – yo he vencido al mundo

29. Sus discípulos le dijeron: «Por fin hablas claro y sin parábolas.
30. Ahora conocemos que tú lo sabes todo y no hace falta hacerte preguntas. Por eso creemos que tú has salido de Dios».
31. Jesús les respondió: «¿Ahora creen?
32. Se acerca la hora, y ya ha llegado, en que ustedes se dispersarán cada uno por su lado, y me dejarán solo. Pero no, no estoy solo, porque el Padre está conmigo.
33. Les digo esto para que encuentren la paz en mí. En el mundo tendrán que sufrir; pero tengan valor: yo he vencido al mundo ».

Reflexión: Jn 16,29-33

El Señor nos ama y esto lo lleva a consideraciones como no habremos de recibir de nadie más. Él solo quiere nuestro bien y sabe cómo nuestras debilidades y temores son el principal obstáculo para lograrla, por eso quiere suscitar en nosotros una fe incondicional e inquebrantable. Sin embargo Él también sabe que eso será imposible si incluso para eso no acude en nuestra ayuda, enviándonos el Espíritu Santo. Resulta sobrecogedor como los discípulos, como niños ingenuos que desconocen el valor de las palabras, confiesan que ahora si creen, sin saber lo que dicen en realidad. El viento agitó levemente la cortina de su entendimiento y un haz de luz pasó por la primera abertura que encontró y maravillados por tan gran manifestación, exclaman que ahora si creen, cuando Jesús sabe que su fe es todavía precaria. Y es que es un error pretender que la fe es algo que puede estar librado a nuestra capacidad. La fe, el creer, es Gracia que viene de Dios y que debemos pedirla incansablemente mientras vivamos, porque solo podremos prescindir de ella después de muertos. Entre tanto, la fe debe ser nuestro motor, la fuerza que nos impulse a hacer lo que Dios nos manda a través de su Hijo Jesucristo, nuestro Señor. No seamos soberbios. No nos jactemos nunca de haberla alcanzado, porque entonces, cuando seamos sacudidos –y llegará este momento-, no estaremos preparados. ¿Y cuál es la forma de prepararnos? Manteniéndonos unidos a Dios Padre, a través de Jesucristo, por la oración y el amor. No bajemos la guardia. No nos dejemos tentar y cegar por la soberbia. Esto suele ocurrirnos cuando avistamos de modo evidente algunos destellos de la Divinidad. Pequeños como somos, nos sentimos tan abrumados, tan plenos –por decirlo de algún modo-, que creemos tenerlo y comprenderlo todo y no hemos pisado sino la orilla del océanos infinito que es Dios. Por supuesto que en este caso me estoy describiendo a mí en primerísimo lugar, pero también a tantos que desde el periodismo, desde la cátedra o desde el púlpito, nos creemos dueños de la verdad, a tal punto que no necesitamos que nadie nos enseñe y consciente o inconscientemente en ese “nadie” incluimos a Dios, con lo que nos cerramos a la posibilidad de crecer y madurar en sabiduría y en fe. Recordemos siempre que sin Dios no somos nada y que solo Él puede dar sentido y razón a nuestras vidas. Les digo esto para que encuentren la paz en mí. En el mundo tendrán que sufrir; pero tengan valor: yo he vencido al mundo .

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Lucas 24,46-53 – Promesa de mi Padre

Texto del evangelio Lc 24,46-53 – Promesa de mi Padre

46. y les dijo: «Así está escrito que el Cristo padeciera y resucitara de entre los muertos al tercer día
47. y se predicara en su nombre la conversión para perdón de los pecados a todas las naciones, empezando desde Jerusalén.
48. Ustedes son testigos de estas cosas.
49. «Miren, yo voy a enviar sobre ustedes la Promesa de mi Padre. Por su parte permanezcan en la ciudad hasta que sean revestidos de poder desde lo alto.»
50. Los sacó hasta cerca de Betania y, alzando sus manos, los bendijo.
51. Y sucedió que, mientras los bendecía, se separó de ellos y fue llevado al cielo.
52. Ellos, después de postrarse ante él, se volvieron a Jerusalén con gran gozo,
53. y estaban siempre en el Templo bendiciendo a Dios.

Reflexión: Lc 24,46-53

Con este fragmento termina el Evangelio según San Lucas. A través de él, con los discípulos, hemos sido testigos que todo ha ocurrido como estaba escrito, es decir, conforme a un plan, el Plan de Dios. Con la Ascensión del Señor es coronado el episodio de su muerte y resurrección, anticipada por las Escrituras y fundamento de nuestra fe. Porque como dice San Pablo: y si Cristo no ha resucitado, vana es entonces nuestra predicación, y vana también vuestra fe (1 Corintios 15,14). Como diríamos coloquialmente, este fragmento cierra los evangelios con broche de oro. El Señor mismo no puede dejar de recordarnos por última vez que todo ocurre conforme fue escrito. Es importante ello, para suscitar nuestra fe, pues no hay nada aquí dejado al azar, sino que hay una Voluntad Superior, que es Dios, que todo lo tiene Planeado, hasta el menor detalle, por lo tanto, nada sucede si Él no lo permite, lo cual es confirmado en otro pasaje por el mismo Jesús cuando nos dice: Y hasta los cabellos de su cabeza están todos contados (Mateo 10,30). No tenemos pues entonces nada que temer, porque tal como Jesucristo nos ha revelado, Dios es nuestro Padre y nos ama desde siempre, porque así lo quiere Él y nos ha destinado a vivir eternamente a Su lado, para lo cual -como garantía que Su Voluntad será cumplida-, ha enviado a Su Único Hijo Jesucristo a Salvarnos del pecado y de la muerte, lo que Jesucristo ha hecho derramando Su preciosísima sangre en la cruz y resucitando, mostrándonos de este modo el amor más grande que nadie puede tener por nosotros y garantizando así que el Camino es el Amor que debemos a Dios y unos a otros. Para alcanzar la Promesas de Dios -las que de hecho vemos cómo se van cumpliendo, primero con Cristo mismo, quien es resucitado como anticipo de nuestra propia resurrección-, debemos amarnos. Finalmente, todo esto es posible con el envío del Espíritu Santo, esa fuerza extraordinaria que en este pasaje Lucas llama la Promesa de mi padre, porque en ella se sintetiza todo el amor de Dios. No existe poder ni Gracia más grande que la que Dios nos promete. «Miren, yo voy a enviar sobre ustedes la Promesa de mi Padre. Por su parte permanezcan en la ciudad hasta que sean revestidos de poder desde lo alto.»

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Juan 16,23b-28 – Pidan y recibirán

Texto del evangelio Jn 16,23b-28 – Pidan y recibirán

23. Les aseguro que todo lo que pidan al Padre, él se lo concederá en mi Nombre.
24. Hasta ahora, no han pedido nada en mi Nombre. Pidan y recibirán, y tendrán una alegría que será perfecta.
25. Les he dicho todo esto por medio de parábolas. Llega la hora en que ya no les hablaré por medio de parábolas, sino que les hablaré claramente del Padre.
26. Aquel día ustedes pedirán en mi Nombre; y no será necesario que yo ruegue al Padre por ustedes,
27. ya que él mismo los ama, porque ustedes me aman y han creído que yo vengo de Dios.
28. Salí del Padre y vine al mundo. Ahora dejo el mundo y voy al Padre».

Reflexión: 16,23b-28

No podemos llegar a nuestro Padre si no es por Jesús. Para establecer una relación con Él, antes debemos haber abierto nuestro corazón a Jesucristo. Amando al Señor, Dios nos abre las puertas del Reino, al extremo que ya no será preciso acudir a Cristo para que Dios nos conceda lo que le pedimos. Pero es preciso que entendamos cuál es el Camino para establecer esta relación. Nadie puede ir al Padre sino es por Cristo. Pero una vez que hayamos llegado, seremos como pez en el agua, nadando libremente por los dominios de Dios. Entre tanto y hasta que lleguemos, amemos al Señor, que solo este nos puede garantizar llegar al Padre y con Él a la Vida Eterna, causa de la alegría perfecta. ¿Cómo podemos manifestar nuestro amor a Jesucristo? Haciendo lo que nos manda. Solo si guardamos Su Palabra pondremos en evidencia este amor y si le amamos, el Padre vendrá y hará su morada en nosotros. Así, todo se reduce al amor, pero un amor que no es teórico, sino que se expresa en obras. Pero, ¿cómo podemos amar a Dios si no lo vemos, si no lo tocamos, si no podemos interactuar con Él? El Señor nos enseña que a Dios lo encontramos en el prójimo, en los que menos tienen, en los más pobres, en los que sufren, en los enfermos, en los encarcelados, en los huérfanos, en los desterrados, en los refugiados, en los ancianos, en los no nacidos, en los que son despreciados por humildes, sencillos o pequeños. Por lo tanto, es amando a ellos que estaremos amando a Cristo y entonces el Padre nos amará y concederá todo lo que le pidamos en el Santo Nombre de Jesús. El Camino es Jesús. Por eso es a Él que tenemos que conocer, escuchar y obedecer. Él es el Principio y Fundamento. Es la Luz, la Verdad y la Vida. Luz porque necesitamos de Su Palabra que nos alumbre la realidad en la que vivimos. Verdad, porque solo Su Palabra es confiable, inamovible y clara; en ella no hay engaño, ni malicia, ni conveniencia, ni intereses subalternos. Y la Vida, porque sólo prestando oído a Su Palabra y obedeciéndola ciegamente alcanzaremos la Verdad y con ella, la Vida Eterna. Porque la Verdad es plenitud que solo podremos alcanzar por la fe, una vez que hayamos cruzado el umbral, el Puente que nos separa del Reino de los Cielos, una vez que hayamos llegado al ágape nupcial, en el que tenemos preparado un sitio, en presencia de Dios Padre Celestial, de Jesucristo Su Único Hijo, de la Virgen María, los ángeles y todos los santos. Hasta ahora, no han pedido nada en mi Nombre. Pidan y recibirán, y tendrán una alegría que será perfecta.

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Juan 16,20-23a – su alegría nadie se las podrá quitar

Texto del evangelio Jn 16,20-23a – su alegría nadie se las podrá quitar

20. «En verdad, en verdad les digo que llorarán y se lamentarán, y el mundo se alegrará. Estarán tristes, pero su tristeza se convertirá en gozo.
21. La mujer, cuando va a dar a luz, está triste, porque le ha llegado su hora; pero cuando ha dado a luz al niño, ya no se acuerda del aprieto por el gozo de que ha nacido un hombre en el mundo.
22. También ustedes están tristes ahora, pero volveré a verlos y se alegrará su corazón y su alegría nadie se las podrá quitar.
23. Aquel día no me preguntarán nada. En verdad, en verdad les digo: lo que pidan al Padre se los dará en mi nombre.

Reflexión: Jn 16,20-23a

Por un momento el panorama que se abre ante nuestros ojos puede ser sombrío, pareciéndonos que estamos cercados y que no tendremos escapatoria, por más que nos esforcemos en evadir esta situación, nos será imposible. Para este momento debemos interiorizar y recordar estas palabras de consuelo de Jesús. Hemos de pensar que tras esta tristeza, tras esta angustia e impotencia, vendrá finalmente la calma y después la alegría, una alegría infinita que nada ni nadie podrán quitarnos. Obviamente el Señor nos está hablando de otra realidad que está más allá, que trasciende cuanto peligro sentimos que nos acosa y que supera nuestras propias limitaciones, porque se trata de una realidad distinta, de la cual pasamos a formar parte por Gracia de Dios. Jesucristo con Su vida, muerte y resurrección ha unido estos dos mundos, los ha enlazado como un puente, poniendo a nuestro alcance el tránsito a esta nueva vida, una vida plena y abundante que habrá de cambiar nuestra tristeza en gozo y alegría sin fin. Es pues pensando en estas promesas que cuando llegue aquél momento no debemos desmayar, ni dejarnos aturdir, poniendo la mirada de nuestras mentes y nuestros corazones firmemente en aquel sol, en aquella luz que nos ilumina desde el Infinito, que nos ha amado tanto y desde siempre, que ha dado su propio Hijo para Salvarnos y que nos espera –tras la partera-, con los brazos abiertos de Padre, uniéndonos en un abrazo sin fin, con el gozo de quien finalmente encuentra aquello que había anhelado con toda el alma desde siempre. Entonces lo veremos todo de otro modo y finalmente conoceremos la Verdad. Solo imaginar aquella plenitud debe servirnos de acicate para pasar cualquier tribulación con la confianza que cuanto ocurra no podrá nunca compararse con la intensidad, profundidad y amplitud de aquella emoción que nos aguarda, que acarreará una alegría como no la tuvimos jamás aquí en la tierra. Nada, ni nadie podrán superarla. Todo cuanto hayamos tenido que pasar, sin importar qué, lo encontraremos pequeño e insignificante al lado de estas Gracias prometidas y finalmente concedidas. Por lo tanto, bien haremos en empeñarnos desde ahora por alcanzarlas, haciendo lo que Jesucristo nos manda y pidiendo con todo nuestro corazón mantenernos fieles y perseverantes en la senda del amor señalada por Jesús. También ustedes están tristes ahora, pero volveré a verlos y se alegrará su corazón y su alegría nadie se las podrá quitar.

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