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Marcos 5, 1-20 – cuéntales lo que el Señor ha hecho contigo

Texto del evangelio Mc 5, 1-20 – cuéntales lo que el Señor ha hecho contigo

1. Y llegaron al otro lado del mar, a la región de los gerasenos.
2. Apenas saltó de la barca, vino a su encuentro, de entre los sepulcros, un hombre con espíritu inmundo
3. que moraba en los sepulcros y a quien nadie podía ya tenerle atado ni siquiera con cadenas,
4. pues muchas veces le habían atado con grillos y cadenas, pero él había roto las cadenas y destrozado los grillos, y nadie podía dominarle.
5. Y siempre, noche y día, andaba entre los sepulcros y por los montes, dando gritos e hiriéndose con piedras.
6. Al ver de lejos a Jesús, corrió y se postró ante él
7. y gritó con gran voz: «¿Qué tengo yo contigo, Jesús, Hijo de Dios Altísimo? Te conjuro por Dios que no me atormentes.»
8. Es que él le había dicho: «Espíritu inmundo, sal de este hombre.»
9. Y le preguntó: «¿Cuál es tu nombre?» Le contesta: «Mi nombre es Legión, porque somos muchos.»
10. Y le suplicaba con insistencia que no los echara fuera de la región.
11. Había allí una gran piara de puercos que pacían al pie del monte;
12. y le suplicaron: «Envíanos a los puercos para que entremos en ellos.»
13. Y se lo permitió. Entonces los espíritus inmundos salieron y entraron en los puercos, y la piara – unos 2.0000 se arrojó al mar de lo alto del precipicio y se fueron ahogando en el mar.
14. Los porqueros huyeron y lo contaron por la ciudad y por las aldeas; y salió la gente a ver qué era lo que había ocurrido.
15. Llegan donde Jesús y ven al endemoniado, al que había tenido la Legión, sentado, vestido y en su sano juicio, y se llenaron de temor.
16. Los que lo habían visto les contaron lo ocurrido al endemoniado y lo de los puercos.
17. Entonces comenzaron a rogarle que se alejara de su término.
18. Y al subir a la barca, el que había estado endemoniado le pedía estar con él.
19. Pero no se lo concedió, sino que le dijo: «Vete a tu casa, donde los tuyos, y cuéntales lo que el Señor ha hecho contigo y que ha tenido compasión de ti.»
20. Él se fue y empezó a proclamar por la Decápolis todo lo que Jesús había hecho con él, y todos quedaban maravillados.

Reflexión: Mc 5, 1-20

Nos inclinamos en pensar que el hombre es esencialmente bueno, y ha de ser así, puesto que hemos sido creados por Dios y Dios no hace adefesios, ni basura, ni cosas malas. Él nos ha hecho Bien. Podemos repetir esto como “dogma”, sin temor a equivocarnos. Sin embargo, lamentablemente de allí no se puede concluir que el hombre siempre elija lo bueno, lo mejor, el Bien. Precisamente aquí radica la gran dificultad existencial por la cual se hace necesario que Dios nos envíe a Su Hijo Jesucristo como nuestro Salvador. Es que Dios nos ha creado LIBRES y como tales, podemos escoger entre el Bien o el Mal, el que prefiramos. Obviamente lo que nos conviene, lo sensato, lo que tendríamos que escoger es el Bien, pero por muchos motivos, algunos de los cuales esperamos develar aquí –con la ayuda de esta historia-, no siempre lo hacemos así. Esto es precisamente lo que muchos definen como libertinaje, es decir, hacer mal uso de la libertad para escoger lo que nos daña o daña a los demás. Es un absurdo en el que lamentablemente caemos, a pesar de las advertencias. Resulta prudente recordar aquí la historia del Paraíso en el Libro de Génesis, en que se nos narra precisamente que Adán y Eva fueron expulsados del Paraíso por comer del árbol prohibido. Si eres de los “cristianos modernos” que se pasan el Génesis por considerarlo un libro mítico, tal vez convendría proponernos la revisión de nuestros conceptos y una nueva lectura bajo esta óptica. Dios nos ha creado para ser felices y tiene un Plan para que alcancemos esta felicidad; solo hay que seguirlo. Sin embargo, no faltan entre nosotros los testarudos, que se obstinan en llevarle la contra, en hacer el mal, es decir aquello que nos daña o perjudica, que es contrario a lo que Dios nos manda. Por eso, repetimos, necesitamos de una Salvador, que nos señale con autoridad el Camino. Eso es lo que hace Jesús. Él nos revela la Voluntad del Padre y hace todo lo necesario para persuadirnos, a fin que le creamos, porque sabe que solo entonces haremos lo que Dios nos manda, que siendo lo mejor y por lo tanto, lo que nos conviene, no todos estamos dispuestos a hacer, porque mantenemos intereses personales y egoístas que aparentemente se oponen a los Planes de Dios. Es decir que tácitamente –aunque no lo digamos con estas palabras-, consideramos que Dios está equivocado y que nosotros tenemos mejores planes que Él. Aunque no lo verbalicemos, eso es lo que expresan nuestros actos: nuestros planes son mejores que los de Dios. «Vete a tu casa, donde los tuyos, y cuéntales lo que el Señor ha hecho contigo y que ha tenido compasión de ti.»

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Lucas 4, 21-30 – todos daban testimonio de él y estaban admirados

Texto del evangelio (Lc 4, 21-30) – todos daban testimonio de él y estaban admirados

21. Comenzó, pues, a decirles: «Esta Escritura, que acaban de oír, se ha cumplido hoy.»
22. Y todos daban testimonio de él y estaban admirados de las palabras llenas de gracia que salían de su boca. Y decían: «¿No es éste el hijo de José?»
23. El les dijo: «Seguramente me van a decir el refrán: Médico, cúrate a ti mismo. Todo lo que hemos oído que ha sucedido en Cafarnaúm, hazlo también aquí en tu patria.»
24. Y añadió: «En verdad les digo que ningún profeta es bien recibido en su patria.»
25. «Les digo de verdad: Muchas viudas había en Israel en los días de Elías, cuando se cerró el cielo por tres años y seis meses, y hubo gran hambre en todo el país;
26. y a ninguna de ellas fue enviado Elías, sino a una mujer viuda de Sarepta de Sidón.
27. Y muchos leprosos había en Israel en tiempos del profeta Eliseo, y ninguno de ellos fue purificado sino Naamán, el sirio.»
28.Oyendo estas cosas, todos los de la sinagoga se llenaron de ira;
29. y, levantándose, le arrojaron fuera de la ciudad, y le llevaron a una altura escarpada del monte sobre el cual estaba edificada su ciudad, para despeñarle.
30. Pero él, pasando por medio de ellos, se marchó.

Reflexión: Lc 4, 21-30

Si algo realmente nos llama la atención en este pasaje es la fuerza de los prejuicios. Cuanto pueden estos sobre la razón. Es que muchas veces estamos más dispuestos a hacer caso a nuestras emociones, a nuestras percepciones, por encima de la razón. No se nos ocurre otra cosa para poder explicar la escena que podemos apreciar aquí, en la que el pueblo pasa de la admiración a la ira en unos breves segundos y de no ser porque se trataba de Jesús, el Hijo de Dios, allí mismo hubiera dado con sus huesos, pues trataron de matarlo. Así de grave, espontánea y multitudinaria fue la reacción. Cuantos casos similares, en los que el pueblo hace justicia por sus propias manos nos narra la historia. Ahora puedo recordar el caso de una alcalde de Ilave, en el departamento peruano de Puno, que fue asesinado por la turba enardecida de su pueblo, por presuntos delitos de corrupción. ¿Cómo fue que llegaron a este extremo? Esto es algo que sociólogos y antropólogos han tratado de responder después, sin encontrar justificación razonable alguna. Al parecer fueron unos cuantos los que azuzaron y condujeron a la población a este extremo cruel y salvaje, porque incluso las posteriores investigaciones exculparon a esta autoridad de los delitos que le acusaban. ¿Qué ocurrió entonces? Que por alguna razón primaron y se impusieron los prejuicios que unos cuantos se encargaron de agitar hasta enceguecer a tal extremo a la turba que quienes no participaron en la masacre, observaron temerosos o huyeron a sus casas para desentenderse del crimen. Estamos pues frente a una ciega y enardecida reacción colectiva similar a la que sufre Jesús, de la cual no se hubiera librado como lo hizo, por ser Hijo de Dios. Y todos daban testimonio de él y estaban admirados de las palabras llenas de gracia que salían de su boca. Y decían: «¿No es éste el hijo de José?»

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Marcos 4,35-41 – se llenaron de gran temor

Texto del evangelio Mc 4,35-41 – se llenaron de gran temor

35. Este día, al atardecer, les dice: «Pasemos a la otra orilla.»
36. Despiden a la gente y le llevan en la barca, como estaba; e iban otras barcas con él.
37. En esto, se levantó una fuerte borrasca y las olas irrumpían en la barca, de suerte que ya se anegaba la barca.
38. El estaba en popa, durmiendo sobre un cabezal. Le despiertan y le dicen: «Maestro, ¿no te importa que perezcamos?»
39. El, habiéndose despertado, increpó al viento y dijo al mar: «¡Calla, enmudece!» El viento se calmó y sobrevino una gran bonanza.
40. Y les dijo: «¿Por qué están con tanto miedo? ¿Cómo no tienen fe?»
41. Ellos se llenaron de gran temor y se decían unos a otros: «Pues ¿quién es éste que hasta el viento y el mar le obedecen?»

Reflexión: Mc 4,35-41

Es natural que tengamos temor a todo aquello que sucede en forma extraordinaria y aparentemente –a nuestro entender-, no tiene explicación razonable. Esto es lo que ocurre entre los discípulos de Jesús y la gente que lo acompañaba en aquella barca, cuando Jesús, ante el temor de sus acompañantes, mandó callar y enmudecer al viento y al mar.

Ya estaban asustados con la fuerza de la naturaleza, que por momentos parecía que provocaría el hundimiento de la nave, para encima tener que procesar con naturalidad que el Señor, si así lo desea, tiene poder sobre todo elemento natural si tan solo así lo quiere y ordena.

Esto es algo sin duda extraordinario e inexplicable para quien no tiene fe. Ello quiere decir que sin este argumento, sin esta pieza fundamental, no tiene explicación. Así, la fe es un ingrediente imprescindible para explicar y entender lo que está sucediendo.

Lo extraordinario da temor

Si proseguimos en este razonamiento tendremos que convenir en que Jesucristo –siendo el Hijo de Dios, como Él mismo se da a conocer-, es Dios. Y, para Dios, no hay nada imposible. Cuando decimos nada, estamos queriendo significar eso: NADA. Pero, ¿logramos realmente asimilarlo y entenderlo?

Hemos de creer que Él está por encima y más allá de todo cuanto podemos pensar e imaginar. Por lo tanto Su sola presencia puede cambiarlo todo, explicarlo todo, determinarlo todo. Esto es lo que debemos creer, pero solo es posible si tenemos fe.

Por lo tanto, la pregunta es ¿tenemos fe? ¿No la tenemos? ¿Qué necesitamos para tenerla? ¿No hemos recibido suficientes evidencias en nuestras vidas para creer que Dios existe? ¿Por qué nos llenamos de temor si sabemos que nos acompaña permanentemente, aun cuando a veces parezca dormido?

¿Los discípulos y la gente que lo acompañaba no había recibido ya estas evidencias en varias ocasiones? Los evangelios constituyen, entre otras cosas, la narración de una serie de sucesos extraordinarios que no tienen explicación razonable alguna –según nuestro criterio-, sino aceptamos que se trata de manifestaciones de Dios, para quien no hay nada imposible.

La pregunta entonces es: ¿creemos o no? Eso es en lo que tenemos que reflexionar y dar respuesta hoy. Ellos se llenaron de gran temor y se decían unos a otros: «Pues ¿quién es éste que hasta el viento y el mar le obedecen?»

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Marcos 4,26-34 – el grano brota y crece

Texto del evangelio Mc 4,26-34 – el grano brota y crece

26. También decía: «El Reino de Dios es como un hombre que echa el grano en la tierra;
27. duerma o se levante, de noche o de día, el grano brota y crece, sin que él sepa cómo.
28. La tierra da el fruto por sí misma; primero hierba, luego espiga, después trigo abundante en la espiga.
29. Y cuando el fruto lo admite, en seguida se le mete la hoz, porque ha llegado la siega.»
30. Decía también: «¿Con qué compararemos el Reino de Dios o con qué parábola lo expondremos?
31. Es como un grano de mostaza que, cuando se siembra en la tierra, es más pequeña que cualquier semilla que se siembra en la tierra;
32. pero una vez sembrada, crece y se hace mayor que todas las hortalizas y echa ramas tan grandes que las aves del cielo anidan a su sombra.»
33. Y les anunciaba la Palabra con muchas parábolas como éstas, según podían entenderle;
34. no les hablaba sin parábolas; pero a sus propios discípulos se lo explicaba todo en privado.

Reflexión: Mc 4,25-34

¡Qué hermosas figuras literarias plantea el Señor para explicarnos a qué se parece el Reino de Dios! A primera vista, llegamos a creer o percibir que hubiera algo de “magia” o de misterio en la forma en que crece el Reino de Dios. Una semilla que tan solo debemos preocuparnos por sembrar, porque una vez cumplida con esta labor, que es en realidad poco exigente, el resto del proceso, que incluye varios pasos e incluso la participación de otros protagonistas, como el cegador, se producirán de todas maneras, sea que el sembrador duerma, vigile, se distraiga, converse, cruce ríos o escale montañas. No importa si es negro, blanco chino, hombre o mujer y ni si quiera importa su filiación política o religiosa. Una vez que la semilla ha sido depositada apropiadamente en la tierra adecuada, será cuestión de tiempo para que brote la plata, luegno la espiga, que finalmente será cegada y habrá de terminar transformada en alimento para el sembrador u otras personas. El “Misterio” de la transformación de la semilla, sin que ello sea afectado por los pensamientos, recuerdos, reflexiones o propósitos del sembrador es obra de la naturaleza. Hay una serie de potencialidades que se activan en la semilla, una vez que se parece que intervienen oportunamente y en la justa medida una serie de factores, evidenciando el cumplimiento armónico de un Plan. ¿Dónde está escrito? ¿Quién lo lee? ¿Cómo se coordina? Es algo que desde siempre ha llamado la atención a los hombres, pero que por ahora nos basta constatar que existe. El Reino de Dios es como un hombre que echa el grano en la tierra; duerma o se levante, de noche o de día, el grano brota y crece, sin que él sepa cómo.

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Marcos 4,21-25 – nada ha sucedido en secreto

Texto del evangelio Mc 4,21-25 – nada ha sucedido en secreto

21. Les decía también: « ¿Acaso se trae la lámpara para ponerla debajo del celemín o debajo del lecho? ¿No es para ponerla sobre el candelero?
22. Pues nada hay oculto si no es para que sea manifestado; nada ha sucedido en secreto, sino para que venga a ser descubierto.
23. Quien tenga oídos para oír, que oiga.»
24. Les decía también: «Atiendan a lo que escuchan. Con la medida con que midan, se los medirá y aun con creces.
25. Porque al que tiene se le dará, y al que no tiene, aun lo que tiene se le quitará.»

Reflexión: Mc 4,21-25

Nos jactamos muchas veces de nuestros descubrimientos, de los adelantos de la ciencia y cegados por la soberbia somos tentados a creer que no hay límites, con la pretensión de desconocer al Creador. ¡Qué necios! Olvidamos lo que aquí nos recuerda el Señor, que basados en nuestra “prodigiosa” inteligencia tendríamos que haber entendido, que cada cosa que descubrimos fue creada transparentemente y abiertamente por Dios precisamente con el propósito que llegáramos a conocerla. Nada se hizo en la oscuridad y la penumbra. Nada hizo Dios en secreto, sino que estuvo allí, velado por nuestra capacidad de entendimiento y comprensión. No estamos descubriendo los “secretos” del universo, de la ciencia o de la física, porque estos en realidad no constituyen ningún secreto, salvo que por nuestra ignorancia estuvieron velados a nuestra inteligencia. Es tan simple como que fueron necesarios miles de años para comprender que la Tierra giraba en torno al Sol, lo que nunca fue un secreto oculto, sino que siempre estuvo allí, expuesto a nuestra comprensión, hasta que llegamos a entenderlo. Esta lógica nos debe llevar a comprender que «El hombre encuentra a Dios detrás de cada puerta que la ciencia logra abrir» (Albert Einstein) porque Él es el Creador del Universo, la Luz y la Sabiduría Infinitas. Lo que, si tuviéramos oídos, tendríamos que reconocer con humildad. Dios es la Luz y lo ha hecho todo a plena luz. Nosotros, atraídos por nuestra naturaleza a la luz, tendríamos que comprender que ella siempre ha existido y que estamos invitados por Dios a transitar hacia ella, a fundirnos con ella para siempre. Aunque esto es un Misterio, resulta fácil aproximarnos a su entendimiento por pura lógica racional, la que siempre ha estado a nuestro alcance para reconocer lo suficiente para orientarnos hacia ella, como el objetivo más loable para nuestras vidas. Pues nada hay oculto si no es para que sea manifestado; nada ha sucedido en secreto, sino para que venga a ser descubierto.

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Marcos 4,1-20 – oyen la Palabra, la acogen y dan fruto

Texto del evangelio Mc 4,1-20 – oyen la Palabra, la acogen y dan fruto

1. Y otra vez se puso a enseñar a orillas del mar. Y se reunió tanta gente junto a él que hubo de subir a una barca y, ya en el mar, se sentó; toda la gente estaba en tierra a la orilla del mar.
2. Les enseñaba muchas cosas por medio de parábolas. Les decía en su instrucción:
3. «Escuchen. Una vez salió un sembrador a sembrar.
4. Y sucedió que, al sembrar, una parte cayó a lo largo del camino; vinieron las aves y se la comieron.
5. Otra parte cayó en terreno pedregoso, donde no tenía mucha tierra, y brotó en seguida por no tener hondura de tierra;
6. pero cuando salió el sol se agostó y, por no tener raíz, se secó.
7. Otra parte cayó entre abrojos; crecieron los abrojos y la ahogaron, y no dio fruto.
8. Otras partes cayeron en tierra buena y, creciendo y desarrollándose, dieron fruto; unas produjeron treinta, otras sesenta, otras ciento.»
9. Y decía: «Quien tenga oídos para oír, que oiga.»
10. Cuando quedó a solas, los que le seguían a una con los Doce le preguntaban sobre las parábolas.
11. El les dijo: «A ustedes se les ha dado el misterio del Reino de Dios, pero a los que están fuera todo se les presenta en parábolas,
12. para que por mucho que miren no vean, por mucho que oigan no entiendan, no sea que se conviertan y se les perdone.»
13. Y les dice: «¿No entienden esta parábola? ¿Cómo, entonces, comprenderán todas las parábolas?
14. El sembrador siembra la Palabra.
15. Los que están a lo largo del camino donde se siembra la Palabra son aquellos que, en cuanto la oyen, viene Satanás y se lleva la Palabra sembrada en ellos.
16. De igual modo, los sembrados en terreno pedregoso son los que, al oír la Palabra, al punto la reciben con alegría,
17. pero no tienen raíz en sí mismos, sino que son inconstantes; y en cuanto se presenta una tribulación o persecución por causa de la Palabra, sucumben en seguida.
18. Y otros son los sembrados entre los abrojos; son los que han oído la Palabra,
19. pero las preocupaciones del mundo, la seducción de las riquezas y las demás concupiscencias les invaden y ahogan la Palabra, y queda sin fruto.
20. Y los sembrados en tierra buena son aquellos que oyen la Palabra, la acogen y dan fruto, unos treinta, otros sesenta, otros ciento.»

Reflexión: Mc 4,1-20

Al igual que la semilla que no sirve de nada si no permite que crezca una planta y finalmente de frutos, escuchar la Palabra de Dios e incluso hacer grandes reflexiones y escribir eruditos tratados acerca de ella, no sirve de nada, si esta no se trasmite y sirve para que otros a su vez se conviertan y convirtiéndose, también la transmitan. Es muy importante tener en cuenta que son los frutos los que interesan. Si no hay frutos, es lo mismo que nada. En todo orden de cosas, pero más aún en la vida cristiana, sin frutos, lo que se haga, no sirve de nada. Así que, podemos empezar a orar en este instante y no parar hasta el día de nuestra muerte, si ello no ha servido para que cambiemos de vida y no puede evidenciarse en frutos tangibles, no subjetivos y ocultos, sino palpables y verificables, servirá de muy poco todo ese caudal de oraciones y habrá que esperar que el Señor en Su Infinita Misericordia las acoja, porque tal como aquí mismo nos lo revela, de lo que se trata es de dar fruto, tal como lo hace cualquier cultivo. Si solo nos alimentamos de los frutos, qué más da que tengamos y sembremos quintales de semillas, si las sembramos irresponsablemente en la orilla del mar, donde hay arena y agua salada, obviamente no cosecharemos nada. Habrá que ver y evaluar si lo hicimos al propósito o por ignorancia o por descuido o por comodidad, pero eso ya es secundario; el hecho es que cuando tengamos que alimentarnos, no habrá con qué y por más disquisiciones y excusas que elaboremos, con ellas no podremos llenar nuestros estómagos y los de los nuestros. Ese mismo criterio tiene el Señor con nosotros y hemos de tener nosotros con los demás. No hay excusas. Tenemos que enfocarnos en los resultados, para eso debemos hacer las cosas bien, tal como el Señor lo hace con nosotros. Y los sembrados en tierra buena son aquellos que oyen la Palabra, la acogen y dan fruto, unos treinta, otros sesenta, otros ciento.

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Lucas 10,1-9 – El Reino de Dios está cerca

Texto del evangelio Lc 10,1-9 – El Reino de Dios está cerca

1. Después de esto, designó el Señor a otros 72, y los envió de dos en dos delante de sí, a todas las ciudades y sitios a donde él había de ir.
2. Y les dijo: «La mies es mucha, y los obreros pocos. Rueguen, pues, al Dueño de la mies que envíe obreros a su mies.
3. Vayan; miren que los envío como corderos en medio de lobos.
4. No lleven bolsa, ni alforja, ni sandalias. Y no saluden a nadie en el camino.
5. En la casa en que entren, digan primero: «Paz a esta casa.»
6. Y si hubiere allí un hijo de paz, su paz reposará sobre él; si no, se volverá a ustedes.
7. Permanezcan en la misma casa, comiendo y bebiendo lo que tengan, porque el obrero merece su salario. No vayan de casa en casa.
8. En la ciudad en que entren y los reciban, coman lo que les pongan;
9. curen los enfermos que haya en ella, y díganles: » El Reino de Dios está cerca de ustedes.»

Reflexión: Lc 10,1-9

Frente al Señor, es preciso tomar partido. Siempre habrán niveles y matices de compromiso, a pesar que todos estamos llamados a la perfección, que no es otra cosa que dar el 100% de los que somos capaces. Él nos convoca, Él nos llama y lo hace para enviarnos. Es muy claro: se es cristiano para cristianizar. Ser cristiano demanda esta disposición y compromiso. No somos cristianos para preservarnos a nosotros mismos. Dicho de otro modo, no existe cristianismo sin compromiso con la comunidad, sin profesión de fe en la vida misma, con el propósito de manifestar la presencia de Dios en nosotros, para atraer a los demás a este mismos Camino. Pero esto no ha de hacerse de cualquier modo, sino conforme a un Plan, implementando una estrategia. Esta es de la que Jesús se ocupa en este fragmento del Evangelio. Sí, hay que ir, pero no de cualquier modo, sino de dos en dos y por delante. Parecen minucias, detalles accesorios y sin importancia, pero no lo son, puesto que provienen de Jesús, la Sabiduría Plena, en quién ninguna palabra es ociosa, ni está demás. ¿Por qué de dos en dos? Porque necesitamos de un testigo y al mismo tiempo de un confidente. Porque entre dos, siempre habrá diferencia de criterios, de compromiso, de comprensión y será necesario el diálogo, el acuerdo y la caridad. Es tan acabado, preciso y productivo este método, que actualmente las Redes de mercadeo lo promueven y recomiendan como uno de los mejores métodos para captar clientes, denominándolo como el método ABC, siendo A y B los vendedores, A será el experimentado, el que tome la iniciativa de proclamar las bondades, en tanto B será el testigo que de algún modo se habrá ganado la simpatía del C, a quien se enseña y quiere ganar. Vemos, pues, que aun siendo dos, la tarea se está asumiendo en forma comunitaria, no individual y ese ha de ser nuestro estilo de trabajo. Por algo el Señor nos lo recomienda, pues es la mejor forma de evitar las tentaciones del ego, que siempre están presentes y dispuestas a desviarnos y llevarnos por caminos de autocomplacencia, adulación, mentira, engaño y satisfacción personal. Siempre será posible la complicidad, sin embargo será más difícil entre pares que van por delante, guiados por el Espíritu Santo, con una Misión: proclamar el Reino de Dios. En la ciudad en que entren y los reciban, coman lo que les pongan; curen los enfermos que haya en ella, y díganles: » El Reino de Dios está cerca de ustedes.»

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Marcos 16,15-18 – Estas son las señales

Texto del evangelio Mc 16,15-18 – Estas son las señales

15. Y les dijo: « Vayan por todo el mundo y proclamen la Buena Nueva a toda la creación.
16. El que crea y sea bautizado, se salvará; el que no crea, se condenará.
17. Estas son las señales que acompañarán a los que crean: en mi nombre expulsarán demonios, hablarán en lenguas nuevas,
18. agarrarán serpientes en sus manos y aunque beban veneno no les hará daño; impondrán las manos sobre los enfermos y se pondrán bien.»

Reflexión: Mc 16,15-18

El fragmento del Evangelio de Marcos, seleccionado por la Iglesia el día de hoy, es muy corto, pues solo contiene tres versículos, y sin embargo tal vez sea uno de los que más debía cuestionarnos respecto al estilo de vida que llevamos y la supuesta elección que todos debemos haber realizado para ser cristianos. Es muy probable que levante dudas respecto a nuestra vida cristiana. Es decir, ¿la vida que llevamos es coherente con el Evangelio? ¿Vivimos haciendo lo que Dios manda? ¿No será que en general somos muy pocos los que vivimos cristianamente? ¿Hemos cambiado de forma de vida para adaptarnos al cristianismo o más bien hemos adaptado el cristianismo a los valores y forma de vida que promueve el sistema? El Señor nos manda a una Misión, a cumplir una tarea en la que solo hay dos resultados posibles: creer o no creer. No hay términos medios. Y las consecuencias son igualmente contundentes y claras: la salvación o la condenación. Sin embargo -y esto es lo que me ha quitado el sueño toda la noche y me ha impedido preparar con la debida anticipación esta reflexión- si observamos a nuestro alrededor, empezando por nosotros mismos, no parece que hubieran muchos conversos, a juzgar por la señales que el mismo Jesucristo nos da. Es decir, no se si algunos de nosotros podría pasar la prueba que el Señor propone, en lo que respecta a expulsar demonios, hablar lenguas, tomar serpientes con las manos, etc. Esto es algo que sinceramente me saca de cuadro, porque entiendo que el Señor nos está poniendo una valla muy alta, a juzgar por la cantidad de gente que pudiéramos contar que la pasa, si alguna. Al menos, no me parece conocer a ni una sola entre mis más cercanos conocidos y parientes, y yo mismo me siento muy lejos de calificar a tal exposición, a pesar que me considero un creyente y estoy rodeado de creyentes, bautizados. ¿Qué es lo que está pasando? Esta interrogante nos inquieta mucho y nos gustaría poderla responder en esta reflexión. Estas son las señales que acompañarán a los que crean: en mi nombre expulsarán demonios, hablarán en lenguas nuevas, agarrarán serpientes…

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