Reflexión del Evangelio de Lucas 11,15-26 en que el Señor desenmascara nuestras verdaderas razones para no aceptarlo, para ocultarlo y sostener engañosa y convenientemente una confusión inexistente. El que no recoge conmigo, desparrama, sentencia.
No hay nada más grande que podamos pedir a Dios que su propio Espíritu Santo. Y nada más grande que Él mismo esté dispuesto a dar a quién se lo pida. Este es el Bien Mayor. Eso nos revela hoy Jesucristo en Lucas 11,5-13
De un momento a otro, hemos empezado a dar tanta importancia a los derechos, que parece que estos gobernaran nuestras vidas y que todo se redujera a exigirlos y respetarlos. Esta es la gran idolatría de nuestro tiempo. Hemos sacado al Amor y a Dios del centro, para ponernos a nosotros y nuestros derechos.
Cuando el hombre se encasilla de tal modo en sus conceptos y en ideologías construidas para preservar sus preferencias, inclinaciones o costumbres, pierde la perspectiva de la realidad y de la vida. No somos nosotros mismos el fin de la vida, sino Dios, al que llegamos amando al prójimo.
Esto es lo que nos hemos empeñado en confundir, con la ayuda de la perniciosa Ideología de Género, cuya existencia sus principales operadores se dedican a negar, pero que evidentemente existe, tal como lo podemos constatar en la vida cotidiana.
Sea por una conspiración –como muchos sostienen-, o porque han confluido una serie de circunstancias y movimientos, el hecho incontrovertible es que estamos ante una poderosa Ideología Totalitaria que se viene imponiendo a toda la humanidad desde el poder.
La concertación ha sido más sencilla de lograr de lo que imaginamos. Bastó reunir a las personas adecuadas en varias conferencias en la ONU a fines del siglo pasado. Un puñado de tecnólogos y profesionales progres, representantes de movimientos LGTBI y feministas lograron sentar las bases de lo que se viene imponiendo desde la cúpula de aquél Organismo Mundial.
…los reyes de la tierra, ¿de quién cobran tasas o tributo, de sus hijos o de los extraños?» Al contestar él: «De los extraños», Jesús le dijo: «Por tanto, libres están los hijos.
Jesús es el Hijo del Hombre. Es decir, es el Hijo de Dios hecho hombre, como tal, hombre entre los hombres. Es un Misterio que siendo Dios se haya hecho hombre, pero siendo Dios se hizo tan hombre como el que más. Cierto, aunque difícil de comprender.
Lo que hace Jesucristo es parte del Plan de Dios destinado a Salvarnos. Jesucristo hace la Voluntad de Dios. Esa es la única garantía de nuestra salvación. Pero siendo al mismo tiempo Dios y hombre, Hijo de Dios, tendría que estar sobre todo y no ser considerado uno más y mucho menos un extranjero, un extraño.
Es en esto que nos invita a pensar hoy el Evangelio. Quién puede merecer más respeto, honor y distinción que el Creador o el Hijo del Creador, nuestro Salvador. ¡Nadie! Por lo tanto ¿cómo cobrarle impuestos? ¿Cómo pretender someter a nuestra ley a quien está por sobre toda ley, al Autor de las Leyes?
Se trata de una reflexión muy profunda y hermosa. Dios se ha hecho hombre, pero aún así, como hombre, es el primero, no porque Él quiera privilegios, que no los quiere, sino porque es el mismísimo Dios entre nosotros. Los que lo sabemos, así debíamos tenerlo.