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Mateo 5,1-12 – Alégrense y regocíjense

Alégrense y regocíjense

Alégrense y regocíjense, porque su recompensa será grande en los cielos; pues de la misma manera persiguieron a los profetas anteriores a ustedes.

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Mateo 5,1-12 Alégrense y regocíjense

Mateo – Capítulo 05

Reflexión: Mateo 5,1-12

Aquí el Señor nos dice cómo debemos vivir, cuál ha de ser nuestro proceder para alcanzar el Reino de los Cielos. Primero destaquemos que no puede haber mayor recompensa en la vida que ser recibido en el Reino de los Cielos por nuestro Padre Celestial, ocupando el sitio que nos tiene reservado desde toda la eternidad.

¿Qué debemos de hacer? En este pasaje de las Bienaventuranzas el Señor hace un listado muy claro de las conductas nuestras que merecerán tal privilegio. No todos podremos entrar. Es preciso que nuestras vidas correspondan a estas categorías que tienen que ver con la forma en que tomamos la vida.

Tal parece que hay que sufrir contrariedades para alcanzar el Reino de los Cielos. ¿Y si no las tienes, no lo mereces? Eso es lo que nos dice Jesucristo, el Hijo de Dios. Hemos de creerle. Desmenucemos una a una estas características para tratar de entender lo que el Señor quiere de nosotros.

Los pobres de espíritu

Primero están los pobres de espíritu. ¿Quiénes son esto? Pues aquellos de los que generalmente abusa la gente, porque no son rápidos ni física ni mentalmente, porque son ingenuos, porque todo lo creen, porque siempre actúan de buena fe, porque incluso son medios torpes, no solo en el hablar, sino incluso en el vestir.

Aquellos de los que los niños suelen burlarse en los colegios por considerarlos desadaptados, inútiles, porque resalta como un lunar en toda la clase. Los niños que despiadadamente son víctimas de bulling y luego serán explotados y pisoteados por los mejor acomodados, por los los que carecen de escrupulosos, por los que se sienten dueños del mundo. ¡De estos es el Reino de los Cielos! ¡Veamos a Cristo en cada uno de ellos!

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Juan 13,16-20 – tanto amó Dios al mundo

Tanto amó Dios al mundo

Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna.

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Juan 3,16-18 tanto amó Dios al mundo

Juan – Capítulo 03

Reflexión: Juan 13,16-20

La lectura del Evangelio de Juan escogida por la Santa Iglesia Católica para el día de hoy, tiene tres versículos. Cualquiera de los tres nos deslumbra con su luz. Solo Dios puede decir tanto en tan pocas palabras. Es que solo Él tiene palabras de Vida Eterna.

Difícilmente podremos encontrar mayor consuelo que el que recibimos en estos tres versículos. El primero nos hace recapacitar en el infinito amor de Dios a nosotros, que no puede ser nada más que motivo de alegría, agradecimiento, paz y confianza.

¿Por qué? Pensemos un momento. El solo hecho de oír que Dios nos ama, tendría que ser motivo de regocijo. Si llegamos a conceptualizar con una pobre pero muy acertada aproximación, quién es Dios, saber que este ser Supremo, Todopoderoso, Infinito nos ama, debía ser el motivo de nuestra mayor alegría y de una felicidad inagotable.

Si uno de nosotros, se enterara que ha sido escogido por uno de los hombres más ricos e importantes de la Tierra, como por ejemplo Bill Gates o Carlos Slim, para pasar una temporada en una de sus paradisiacas propiedades ¿no estaríamos dando saltos mortales, más hinchados que un pavo real?

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Marcos 12,38-44 – han echado de lo que les sobraba

Han echado de lo que les sobraba

Pues todos han echado de lo que les sobraba, ésta, en cambio, ha echado de lo que necesitaba todo cuanto poseía, todo lo que tenía para vivir.

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Marcos 12,38-44 han echado de lo que les sobraba

Marcos – Capítulo 12

Reflexión: Marcos 12,38-44

El Señor conoce profundamente la naturaleza humana. No podemos sorprenderlo ni engañarlo. Lo que dice es tan frecuente y está tan extendido entre nosotros. Somos muy duros para compartir. No queremos deshacernos de nada. Nos aferramos a los que tenemos como si en ello se nos fuera la vida.

Nos cuesta dar y cuando lo hacemos queremos publicarlo con bombos y platillos. Queremos que todos lo sepan y lo reconozcan, por más que digamos que no. Y, como nos enseña el Señor, si buscas como recompensa el reconocimiento o el plauso, una vez que lo consigues, ya no tendrás más recompensas. No creas, entonces, que serás mejor visto por Dios.

Nosotros cuando demos limosna, que ni nuestra mano derecha se entere de lo que hizo la izquierda; esa debe ser nuestra actitud. Por eso incluso nos dice el Señor que cuando demos un banquete invitemos a los pobres, a aquellos que no nos pueden pagar, porque si tan solo invitamos a los que nos pagan, no tendremos ninguna recompensa en el cielo.

Pero a nosotros nos gusta ostentar lo que tenemos, lo que somos, lo que hemos alcanzado. ¿Cómo podremos dar sin que por lo menos nuestros enemigos nos vean para que se mueran de envidia? ¿O para que nuestros amigos y familiares abran la boca de admiración?

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Marcos 12,35-37 – ¿Quién es el Cristo?

¿Quién es el Cristo?

Jesús, tomando la palabra, decía mientras enseñaba en el Templo: «¿Cómo dicen los escribas que el Cristo es hijo de David?

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Marcos 12,35-37 ¿el Cristo es hijo de David?

Marcos – Capítulo 12

Reflexión: Marcos 12,35-37

Jesucristo se toma un tiempo para aclararles a los fariseos quién es Cristo en realidad. Ellos no quieren aceptarlo porque tienen la mente embotada. Ya han dejado anidar una idea ilógica en sus mentes y no están dispuestos a cambiarla. Se repite aquello de que no hay peor ciego que el que no quiere ver.

Jesús, a quien no podemos engañar, porque es la Luz que ha venido al mundo, atestiguando la Verdad, pone en evidencia la falta de lógica que sustenta la posición de los fariseos, que se resisten por soberbia a reconocer que Él es el Cristo, el Ungido, el Mesías, el Salvador.

Este rechazo de los fariseos a reconocer lo que es evidente, lo comparten hasta hoy con los judíos, quienes, por lo tanto, siguen esperando al Mesías prometido. Jesucristo no solo demostró con lógica su error citando las mismas Escrituras, sino que Su propia vida fue la mejor prueba que respalda Su afirmación.

Jesucristo es el Cristo, el Mesías, el Salvador prometido del que hablan las Escrituras. No solo procede del mismo linaje de David y en ese sentido podríamos decir que es su descendencia, sino que además es Hijo de Dios, tal como lo revela en varias ocasiones en los Evangelios, desde su concepción en el seno de la Santísima Virgen María.

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