Regresamos a casa después de un corto viaje y encontramos a dos delincuentes en el interior, que aprovechando la debilidad, bondad e inocencia de quienes quedaron en en el hogar, nuestros padres ancianos y nuestros hijos, menores, los secuestraron y empezaron a maltratarlos y propasarse con ellos.
Luego de revolver y rebuscar todo y al no encontrar dinero ni joyas, deciden astuta y cínicamente pasar a una nueva etapa, los separan en habitaciones distintas y los empiezan a interrogar uno por uno, con el propósito de amedrentarlos, tenerlos a raya y que les revelen dónde está la caja fuerte.
Estamos tan acostumbrados a las películas de violencia. Todo el tiempo nos bombardean con ellas. Y aunque todos las vemos, el mayor daño, con seguridad, lo reciben los niños. Estamos creando monstruos insensibles. No nos dejes caer en la tentación Señor. ¡Que no dejemos entrar al maligno en nuestras vidas, en nuestros hogares!
Leemos de muertes, oímos y hasta vemos noticieros de crímenes y los pasamos por alto, sin reparar realmente en la gravedad de los hechos que se denuncian. Como si los crímenes fuesen parte de la vida cotidiana o la envoltura de cualquier programa, que desechamos con toda naturalidad.